¿QUÉ ES EL VOLUNTARIADO INTERNACIONAL?


Habría una pregunta anterior, ¿qué es el voluntariado?  Vivir una experiencia de gratuidad. Es una entrega generosa del tiempo, de las propias capacidades y habilidades, de los propios recursos, y todo ello sin esperar nada a cambio.  No es pequeña tarea en un mundo mercantilista como el que vivimos, en el que una de las máximas fundamentales que rigen nuestra existencia es aquello de que “tanto tienes, tanto vales”.

De verdad, ¿tanto tienes, tanto vales?  Sinceramente, vales aquello que ERES.  La esencia de nuestro ser es lo que da el sentido de nuestra valía y nuestra calidad.  Pero no es sencillo de comprender y vivir cuando andamos tan atareados, estresados y agitados por tantas cosas, muchas veces urgentes, pero no fundamentales.

Y todo este  prólogo para qué: soy responsable en una ONGD, la Fundación Enrique de Ossó, del voluntariado internacional.  A mí se acercan jóvenes y no tan jóvenes  con una inquietud: “quiero hacer algo por los demás y quiero ayudar, además, quiero hacer esta experiencia en un país en vías de desarrollo”.

Sinceramente, la motivación no es la más adecuada, pero no saben manifestar de otra forma su inquietud, por lo tanto, admito la respuesta, y previa selección, les digo que pueden participar en la experiencia. Y pienso para mí, “ya me lo expresarás bien a la vuelta de la experiencia”.

En el verano del 2007 acompañé al grupo que fue a Argentina y a Uruguay.  Empezando por el final, he de decir que al regreso ya no era importante lo que “se había hecho” por los demás, sino la experiencia de sensibilización vivida, el ver con los propios ojos y palpar con las propias manos un mundo, una parte de la realidad de nuestro mundo, muy, muy diferente a lo que nosotros vivimos en nuestra sociedad de bienestar.  ¿Cierto remordimiento de conciencia por ello?  No, porque eso sería entender mal las cosas.  Sensibilización, sí.  Una pregunta en la mente y en el corazón: ¿qué puedo hacer yo desde la realidad en la que vivo? ¿Cómo puedo trabajar por la justicia y la equidad, por la ecología, por el desarrollo sostenible, por equilibrar un poco las cosas que se ven tan desequilibradas al acercarse a otra realidad?  Esta es la motivación subyacente al principio de la experiencia, pero que sólo se expresa bien al regreso.

Argentina es un país rico, tiene petróleo y gas natural. Ha vivido grandes crisis y el tejido industrial es muy deficitario.  Es un país en vías de desarrollo, con impresionantes bolsas de pobreza.  En Buenos Aires hay once villas-miseria.  Algunas al lado de la autopista y entre grandes y modernos edificios.  Son una especie de gheto en el que muchas personas viven hacinadas.  Yo conocí y viví en una en el barrio de Barracas.  Este barrio está muy cerca de Caminito, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, con sus casas pintadas de colores, porque los emigrantes italianos necesitaban alegrarse el alma tan lejos de su tierra natal.  Esta villa a la que me refiero es de emigrantes paraguayos, tiene cuarenta años y en ella viven 40.000 personas.  ¿Cómo son las condiciones?  No hay calles, lo llaman “pasillos” porque son muy estrechos y, a ambos lados de los mismos, hay viviendas de planta baja, prácticamente sin cimientos y construidas ladrillo a ladrillo (nunca mejor dicho, pues a veces los van robando de uno en uno).  Casi no tienen ventilación y el olor a humedad es tremendo. Lo más complicado es que muchas personas salen muy poco de la villa, es decir, tienen muy poco horizonte.  Ser “villero” es ser un marginado.  Se asocia con la delincuencia. Si alguien quiere trabajar tiene que dar una dirección falsa pues si la da de la villa se queda en la calle. Me encontré allí dentro gente buena, y, sobre todo, un ambiente parroquial muy comprometido, en el que el párroco ha logrado movilizar a un grupo de personas para dar vida a la villa, para potenciar la dignidad de las personas.  Las experiencias que puedo contar llenarían páginas.  Sólo decir que a estos lugares hay que acercarse y conocer, para comprender y cambiar la mirada.

Visité otros lugares de Argentina, como Neuquén, en la Patagonia y Resistencia, en El Chaco.  En estos casos las villas-miseria son grandes cinturones de pobreza –kilómetros y kilómetros-, en los arrabales de las ciudades.
Una experiencia semejante en Uruguay.  Quizá me resultó más duro todavía pues tenía la idea de un país rico y progresista.  Tiene tres millones de habitantes, de los cuales millón y medio se hacinan en Montevideo.  Las crisis de este país van parejas a las de Brasil y Argentina y se viven mucho más crudamente.

Nuestro verano es su invierno, y el del 2007 fue especialmente crudo.  Dice Alejandro Casona en “El caballero de las espuelas de oro” que “un pobre es más pobre en invierno que en verano”.  Quizá por eso se me hizo tan sangrante la realidad.  Conocí a muchas personas cuyo trabajo es ser “hurgadoras”: viven de la basura, buscan y rebuscan en ella y separan para vender el cartón por un lado, el plástico por otro y así sucesivamente.  Y la basura la organizan dentro de sus chabolas.  ¡Hay tanta pobreza que hasta la basura se roban unos a otros!

Todo esto sacude y crea incomodidad en la mente y en el corazón, por eso al regreso hay que seguir dándole vueltas y reflexionando sobre todo lo vivido.  ¿Cuál es la conclusión?  Me he encontrado gente pobre, con muchas carencias, pero muy humana.  He disfrutado charlando, en conversaciones sencillas, diría que a veces más profundas que  aquellas en las que participo diariamente. Sentí la incomodidad de que me faltaran “cosas” que aquí nos parecen “imprescindibles” y ya no sabemos vivir sin ellas.  He descubierto otras culturas.  Pero sobre todo queda una pregunta: ¿qué puedo hacer?  Podía haber sido yo la que naciera allí.  Pero no ha sido así.  El reto es haber nacido aquí, entre el 20% de los ciudadanos privilegiados de nuestra aldea global y preguntarme y preguntaros: ¿qué hacemos para equilibrar un poco este mundo?  ¿qué hacemos que sea efectivo de verdad? Aunque sólo sea por egoísmo, porque este tren de vida nuestro no es sostenible mucho tiempo, preguntémonos despacio qué podemos hacer y, una vez hallada la respuesta, pongamos manos a la obra, ¡que el tiempo nos urge a todos!

Marta Suárez y Carro
Delegada en Asturias de FundEO
Delegada en Castilla y León de FundEO
Responsable del Área de Sensibilización, Educación y Voluntariado de FundEO