¡HASTA  EN  LA  SOPA!
Daniel Martín
(de www.estrelladigital.com)
.

Hace unos domingos TVE batió todo un récord al emitir la película Montana, protagonizada por Errol Flynn. El filme, cuya duración es de 76 minutos, una hora y dieciséis minutos, ocupó en la parrilla la franja comprendida entre las 18:30 y las 20:30. O lo que es lo mismo, en esas dos horas TVE emitió 44 minutos dedicados a publicidad o autopromoción. Y no me meto en la ley que limita los espacios publicitarios en nuestros canales de televisión porque creo que no debería haber límites de ningún tipo. Ni en la probable circunstancia de que la cadena estatal seguramente sea la que más transgreda esta norma, porque eso entraría en el eterno debate sobre la verdadera naturaleza jurídica de RTVE. Ni en la pésima calidad de la publicidad actual, que incluso en un anuncio nos invita a irnos a un supermercado antes que salvar una vida, porque ese tema está inseparablemente unido a la falta de calidad que asola todos los terrenos creativos de nuestro mundo.

No, no quiero entrar en esos temas. Lo único que quiero es quejarme porque hoy día la saturación de publicidad convierte a la televisión en un medio todavía más insoportable. Y no me refiero sólo a las innumerables e interminables pausas publicitarias, esas pausas de más de diez minutos de duración que repiten una y otra vez los mismos anuncios y que cortan el ritmo de lo emitido, ya sea un concurso, un documental, una película o incluso un informativo.

No, existen otros medios de “vendernos” cualquier cosa. Por ejemplo, cada vez es más habitual la inclusión de “miniprogramas” en medio de esas pausas publicitarias. Tele 5 suele incluir pequeños esquejes de Mi Cartera o de Más que coches para hablarnos de algún fondo de inversión o de un maravilloso automóvil que al final no sabes si está conduciéndolo Antonio Resines en Los Serrano o Jennifer Garner en Alias (magnífica serie que está pasando prácticamente inadvertida por su extraño horario de emisión, los domingos por la tarde). Antena 3 interrumpe sus programas con avances de otros estrenos o con noticias musicales, de manera que al final no sabemos si Silvia Jato está de gira con los Rolling o si Homer Simpson estrena película el próximo viernes. A ello se une el maravilloso mundo de la autopromoción, que viendo su persistente y monótona repetición da la impresión de servir más para rellenar que para realmente promocionar algún programa, sobre todo porque sólo se promociona un limitado porcentaje de los programas de cada cadena, y prácticamente nunca se apuesta por los programas que realmente necesitarían esta promoción.

Pero eso no es todo. Con la llegada de los móviles actualmente es una constante en la pantalla el numerito de cuatro cifras al que mandar un mensaje para opinar sobre lo que se está debatiendo en el programa y optar así a algún estúpido premio, con lo que los programas se convierten en un vehículo para que todos podamos decir lo que nos venga en gana (como declararnos a nuestra novia) y la pantalla de nuestro televisor se desdoble en una extraña franja inferior semejante a la que da los datos de la Bolsa, sólo que ésta sólo refleja datos realmente escalofriantes sobre el nivel cultural de la nación. 

También es habitual el recurso del presentador anunciante que ofrece algún tipo de obsequio a los invitados, o nos hace alguna oferta maravillosa sobre algún producto milagroso. Por no hablar de los publirreportajes, generalmente protagonizados por actores desconocidos, que suelen preceder el comienzo de cualquier programa. 

Toda esta tremenda acumulación de distintos medios de hacer publicidad conduce a un terrible incremento del poder narcotizante de la televisión, que sin embargo sólo produce un sueño brusco y nada descansado. Hemos llegado a unos niveles realmente estúpidos, donde una película de 76 minutos puede llegar a durar dos horas. 

Y el zapping ya no sirve para nada, porque ya casi nunca se encuentra algo que no hayamos visto antes. Nos hemos vuelto locos, pero así es como funcionan las cosas. Sin un verdadero mercado competitivo, basta con llenar las horas con el contenido que sea. Por mucho que exista una ley reguladora y el sentido común invite a la dosificación racional de todas las cosas.


Cerrar