Regresé infinitas
noches después de mi partida; la añoranza se intensificó
con los años, mas me hice a la idea de que me encontraba lejos del
nido y de que mi decisión de volar hacia un futuro incierto parecía
irrevocable.
Al volver a pisar
las feraces y dotadas tierras de Ciudad Rodrigo, rememoré la gratificante
sensación de estar de vuelta, en la que, sin yo poder siquiera cuestionarlo,
será siempre mi casa.
Caminé, guiada
de un viejo y polvoriento instinto, por las señoriales callejuelas
de Miróbriga, inexplicablemente maravillada y perdida en un laberinto
del que conocía la salida.
Palpé las
ilustres fachadas y escuché el rumor de los inconclusos cuentos
y batallas que me susurraban.
Atravesé
plazas repletas de direcciones, travesías modificadas por milenarios
pobladores de la historia.
Cabalgué
a favor del viento sobre los paralelos tejados de las casas, contemplando
desde la altura a la sencillas y acogedoras gentes con las que un día
compartí la rutina y el testimonio de mi vida.
Quemé antiguas
pisadas que definían camino y rebusqué entre la maleza recuerdos
de mi infancia.
Trepé, cual
felino acorralado, por las madreselvas rebosantes de vida, aferrándome
a las imperfecciones de la roca.
Sucumbí a
la muralla, robusta fortaleza, barbacana de Castilla en numerosas afrentas;
admirando el imponente horizonte salpicado de infraestructuras que se extendía
ante mí.
Continué
caminando sin rumbo aparente; abandoné el casco antiguo y de improviso
en la lejanía... Mi frustración:
Oh! estruendo, árbol
encarnado en mis recuerdos, sometido a largos inviernos, constelados y
fatales; las primaveras ya no recobraron la vida que en ti fluía.
Las verdes mariposas
de tus robustos brazos volaron, cayeron, murieron... Se desprendieron de
ti, fornido visitador de mis sueños, contemporáneo escalabrado.
Despiadado viento
¿cómo osaste interrumpir su sutil armonía?
Le arrebataste su
plumaje en mil estocadas prolongadas en su delirio; el árbol quedó
descabellado, incompleto y desnudo tras el brutal cruce de tu aleta con
su florido manto.
Árbol, amigo,
sé que sufriste incontables otoños, anuales despojos, observaste
impotente tus frágiles hojas, ocasionalmente cobres, a tus pies,
amontonadas con temerarios rastrillos, qué tortura y sacrilegio,
parte de ti se iba con ellas , cuando ya resquebrajadas, los inconscientes
niños las pisaban.
Se consumieron en
la tierra y amarillentas tiñeron los campos hace más de treinta
años.
Consagrado por la
experiencia de los años eres; experto también en vidas ajenas
que pisan la infinita sombra que de ti se forma cuando el sol amenaza poniente.
Yo solía
sentarme a meditar en tu regazo, en estrecho contacto con tu vieja savia.
Apenas recuerdo
cuán frondosa y primaveral era tu hojarasca.
Jamás olvidaré
las tardes en las que, de niña, mi entrañable abuelo me contaba
emocionado vivencias de su juventud, en las que tú, querido olmo,
formabas crucial parte.
A ti acudieron,
emblemática figura del reencuentro; en el culminar de junio, multitud
de jornaleros, esperando encontrar bajo las prolongaciones de tu
tronco, un reclamo de ocupación laboral, o quizá inspiración...
Llovió, nevó,
cuantiosos vendavales agitaron tus arbóreas escamas...
Majestuoso e impenetrable,
no se alteró el crujir de tu semblante.
Surcarán
por siempre tus maltratadas ramas mis cielos nocturnos arañando
las oscuras nubes de mi pensamiento.
Mónica
Hernández de la Nava
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